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TRESPASS

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  —Si aquel maldito inglés levantó una pared, vamos a tener que subirla. De lo contrario se acabaron las ciruelas.  Romeo había sido claro. Con la pared no podíamos alcanzar las ramas del manzano, que nos permitía invadir la quinta para llegar a las ciruelas. Para Mario, el Tano, la situación no parecía tan dramática: —No va a ser difícil. Si conseguimos clavar las cuñas, se acabó el problema. Vamos a necesitar algunos utensilios. Yo hice una lista, escuchen: guantes tipo gecko para agarrarnos a la superficie, zapatos con clavos, cuñas de acero y un martillo. No hay perros ni guardias de seguridad. La huerta será toda nuestra. —Ganchos de resorte pueden ser útiles para alcanzar las mejores ramas —anotó Romeo. Yo miraba el muro con la misma sensación de impotencia de aquella tarde al pie de La Sagrada Familia. Pero como ya estaba amarrado a la cintura con una de las tres cuerdas que habrían de impulsarnos, mirando mis manos con los guantes de gecko como el hombre-araña, preferí callarme

PUNTO DE FUSIÓN

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  Karen veía el jardín florido de mediados de abril como queriendo empujar los días. Ansiaba por el frío. Los veinticinco grados que aparecían en la pantalla del celular le daban miedo. Desde el accidente en el laboratorio de Física de la Facultad, llevaba una vida recluida. Ese día, la explosión de un tubo de ensayo hizo que se alojaran en su cuerpo algunas partículas de Galio, un elemento de la tabla periódica. El metal, raro de encontrar en la naturaleza, tiene una característica aún más insólita: Sólo existe como sólido por debajo de los 29.76⁰C. Pasado ese punto se vuelve líquido. La reversión sólo es posible disminuyendo la temperatura por medios mecánicos. Su cuerpo era regido por un contrapunto diabólico que la mantenía en riesgo de vida permanente. Arrojó el pañuelo empapado en el cesto y se inclinó de cara al ventilador. Tenía en su vientre un embrión brillante y plateado, del tamaño de una nuez.  Ahora, con tres meses de gestación, el crecimiento del feto ya era perceptible.

PERDIENDO VISIBILIDAD

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  —Deberías cuidarte un poco. Estás tan delgado que cualquier día vas a desaparecer. Si me esforzase, hasta podría decirte lo que hay detrás de vos. El manido comentario de mi hermana sólo me hizo gracia. Pero cuando el Facebook me envió el primer mensaje de alerta, me puse un poco más serio: —"El algoritmo muestra que se ha reducido la interacción. Descubre cómo puedes recuperar la visibilidad ". Fui corriendo al espejo. Lo que vi me asustó. Entonces Mary no estaba tan equivocada —reconocí. —¿Qué significa esa foto? —pregunté. Mordí mi uña hasta sangrarla. —Esa imagen es usted, tal como aparece en la interpretación de nuestra GPT el día de hoy. Nuestro mensaje debe ser entendido en sentido literal. Ese es su perfil. Así lo están viendo las redes sociales. —Pero mis likes han aumentado mucho. Ustedes dijeron que estaba en camino de transformarme en un influencer.  —Falta materia, mi amigo —dijo otro de los administradores—. En sentido estricto, como puede ver. Precisa limitar

ALGO EXTRAÑO OCURRIÓ A CAMINO DEL HUERTO

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La lluvia nos había cerrado los ojos durante la travesía. Ahora empezábamos a ver. Una pulsera enterrada en el barro soltaba reflejos brillantes como un farol en el velado poniente lunar.  Una carroza camuflada con gruesas lonas, que tapaban en parte el olor nauseabundo, pasó cargada de cadáveres para alimentar a los leones que viven en los montes.  —Bonito argumento para una epopeya, ¿no crees?  —Que alguien escribirá un día, con certeza. Y pensar que todo sería diferente si llegase arriba. Pero no podía imaginar el peldaño ausente al borde del descansillo. Se quedó con el taco de mi zapato y prendió mi pierna en un agujero. —Abajo los fieles preguntan por vos. Repican como las campanas de la iglesia: «¿dónde está la Magdalena?» —Díganles que está presa porque alguien se robó un peldaño de la escalinata antes que llegase al huerto sagrado. Magdalena veía la calle a través de una ventanilla, que por acaso vino a alinearse con sus ojos. Nunca había pensado que cinturas, muslos, rodillas

EL SOBREVIVIENTE

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  El rollizo bebé se hizo un ovillo y cubrió los oídos. Afuera, sus padres discutían con los médicos y la policía. Había mucha gente que él no podía ver, pero estaba perplejo con los gritos y las manifestaciones de admiración y hostilidad que recibía. —Lo encontramos cerca del río —dijo uno de los guardias—. El felino le había mordido una pierna y forcejeaba para terminar de arrancar el resto. Fue necesario amputar. —Vimos lo que muestran las cámaras. Parece un dinosaurio humanoide   —decían perplejos los soldados que transportaban la enorme incubadora en dirección al hospital. Lo habían removido de la boca mortífera de un jaguar que había devorado parte de una pierna. Enroscaron firmes compresas en el apéndice sobrante para evitar la hemorragia. Tenían miedo de una infección. Esperaron que la espuma esterilizante limpiase el resto de mucosidad; la expectativa aumentó. La gente se apretaba contra la caja del camión. Acompañaban lo que ocurría dentro del receptáculo por medio de una cám

CORAZÓN DE OSO

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  EL ATARDECER—PREPARANDO LA PARTIDA El istmo se mete mar adentro como un estilete después de dejar en la costa el pedestal blanco rematado por el Faro. Unos dos kilómetros más adelante, ya en el centro de la cala, acaba en una roca escarpada de mediana altura, con escasa vegetación, que está separada del océano por un atolón semicircular. Durante las horas de luz, el nivel del mar escamotea este cordón umbilical y la mole de piedra es apenas un puño ceniciento que emerge del agua. Después del anochecer, la bajamar deja en evidencia el puente escondido, que llega como un fino cordón terroso hasta las piedras puntiagudas del embarcadero, próximo a la playa.  A media tarde, con la marea todavía alta, Brisa y Priscila contemplaban desde la playa el monumental bulto del animal herido, que coronaba el risco como un sombrero inclinado. Esperaban el reflujo para iniciar el rescate. Brisa revisaba el equipaje. Leía en voz alta exigiendo la confirmación de su hermana. No podían olvidarse de nad

ENCOMIENDA PARA LAMARQUE

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  La impresora dio inicio a la secuencia de comandos. Luces de colores se encendían y apagaban en un contrapunto bien afinado. El rodillo de alimentación comenzó a eructar páginas por la fina muesca disimulada en la parte superior hasta que la bandeja quedó repleta. Cumplida su tarea, quedó inmóvil y una lucecita roja se encendió en el tablero frontal. Lucio analizó el resultado del trabajo. Las páginas enormes con dimensiones de outdoor tenían un círculo negro del tamaño de una palangana encima de la figura que debía aparecer impresa. Aun así, podía atisbar detalles del paisaje invernal por debajo de la inesperada cobertura.  Vio la escarcha, las puntas desnudas de los pinos, un depósito de ladrillos carcomidos y un obelisco en el fondo. Era un idílico paisaje rural, que le recordó las coloridas telas de los impresionistas. Después de una rápida revisión, descubrió la causa del problema. Un desperfecto en los engranajes hacía que el dispositivo liberase más tinta que la necesaria, tap